jueves, 6 de septiembre de 2012

Día 30: Nara - Lago Biwa




Asumimos que ya no vamos a encontrar las gafas, que al fin y al cabo sólo es dinero y ya quedan pocos días para terminar este viaje. Haciendo balance, si lo más grave que nos ha pasado en un mes (más de 1.600 km) que llevamos viajando es haber perdido dos pares de gafas, nos sentimos afortunados. Ni un pinchazo, ni una caída grave, ni un radio roto, ni una lesión muscular. Ayer nos enteramos de que a la pareja de ciclistas con la que compartimos la primera noche en Sakai, un par de polacos que llevan tres años dando la vuelta al mundo, les han robado las bicis en China. Siempre puede ser peor.

Así que desayunamos, montamos el equipaje en las borricas y nos echamos de nuevo a la carretera. Hoy está previsto desintoxicarnos un poco de la ciudad y las carreteras con tráfico y tomar un camino alternativo por las montañas para llegar al lago Biwa, que es más bien un mar interior de agua dulce.

Para llegar a la inmensa masa de agua encerrada entre cordilleras tenemos que escalar angostos valles, y los palillos de Gabriel empiezan a flaquear. Menos mal que Ainhoa se ha traído dos buenos jamones serranos. Por primera vez en el viaje, Ainhoa encabeza la marcha, lleva el equipaje más pesado y tiene que esperar a Gabriel en lo alto de las colinas. El paisaje es, de nuevo, precioso. Remontamos un río hasta llegar al lago, y damos vueltas alrededor de una isla durante casi una hora hasta que encontramos el camping que, como otras veces, estaba cerrado. Solo que esta vez estaba cerrado con valla y cerrojo, así que nos buscamos un rincón apartado, a la orilla del lago y bajo una secuoya que nos protege de la lluvia.

Después de cenar tenemos una de las experiencias más fuertes de este viaje. Caminamos has un centro comercial cercano y entramos en una tienda de regalos. Sencillamente increíble: calzoncillos de unicornios, escobillas del váter con micrófono incorporado, cubiteras para hacer hielos con la forma de la cabeza de Alien, un masajeador para afilar la nariz, una figura de acción de Albert Einstein, un disco con la banda sonora de los videojuegos más famosos… de todo.









miércoles, 5 de septiembre de 2012

Día 29: Sakai - Nara





Nos lo tomamos con la misma calma que en los últimos tiempos, cenamos unas tostadas con aceite de oliva y sopa miso y nos despedimos de Nozomi. Siempre es bueno volver a casa de un amigo. Le deseamos mucha suerte en la carrera de 20 km por las montañas japonesas, para la que se está preparando. No está mal para alguien a quien no le gusta correr.

Rodamos rápido los escasos 50 km que nos separan de Nara, la capital espiritual de Japón. A pesar de haber salido tarde, llegamos al albergue a primera hora de la tarde, así que tenemos tiempo de sobra para ver el Parque Nara.

Nara fue la primera capital de Japón. Aunque posteriormente fuera trasladada a Kyoto, Kamakura y, finalmente, a Tokyo,  Nara se mantuvo como un bastión de la tradición, desde donde el poder eclesiástico (fundamentalmente budista) trataba de manejar los hilos de la política como lo había hecho mientras Nara había sido la ciudad principal. Por ello, hoy aún pueden contemplarse un gran número de templos, pagodas y santuarios, entre las que destaca el gran Todaiji, con su gigantesca estatua de Buda. Aunque, como ocurría en Miyajima, da la impresión de que lo que van buscando los turistas son los ciervos que merodean por el parque.

Pasamos una tarde inmejorable, recorriendo lugares de ensueño, bajo la luz tamizada por el atardecer (la mejor hora para visitar el parque, que ya se ha vaciado de turistas). De vuelta al albergue, un empleado de la oficina de turismo nos detiene, nos da unos folletos en español y nos pone unas orejas de ciervo en la cabeza para hacernos una foto. Una bizarrada más en este viaje.

La peor parte llega cuando subimos a nuestra habitación, deshacemos la mochila y nos damos cuenta de que no están las gafas de sol de Gabriel. Tendrá que tirar el resto del viaje con las gafas de ver, por mucho que le moleste el sol en esos ojos tan claritos. Pero las gafas de ver tampoco están. Buscamos por todos los lados, deshacemos las alforjas, volvemos al Parque Nara, pero no aparece ninguna de las dos. Y con ese disgusto nos vamos al futón.
















martes, 4 de septiembre de 2012

Día 28: Wakayama - Sakai




Nos levantamos nuevos. Hoy toca tomarse el día sin prisas, tenemos tiempo de sobra, así que regresamos a la ciudad de Wakayama para visitar el castillo, después de desayunar una hamburguesa. Teníamos miedo de abandonar Japón sin haber conocido ningún castillo por dentro, así que dedicamos toda la mañana al de Wakayama, que nos sorprende gratamente. Como la gran mayoría, fue destruido durante los bombardeos estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial, y reconstruido unos años después. En su interior cobija una buena colección de armas y armaduras, y las vistas desde la torre principal son impresionantes. Tiene el gran encanto del jardín que lo rodea, un paseo muy recomendable para todo aquel que esté interesado en visitar Wakayama.

El resto del día se hace un poco pesado. Decidimos ascender una pequeña colina de 100 metros con la esperanza de desintoxicarnos de ambiente urbano, y resulta que está de obras. Así que tenemos que recorrer unos kilómetros por el arcén izquierdo de una carretera por la que no dejan de pasar camiones en sentido contrario. Durante los próximos 60 kilómetros el terreno es realmente llano, pero es como una ciudad continua a lo largo de todo el camino, que se hace tedioso.

Finalmente, llegamos a casa de Nozomi casi a las 8, ya de noche y después de habernos perdido un poco, pero estamos felices de reencontrarnos con ella y con sus gatos.








lunes, 3 de septiembre de 2012

Día 27: Wakimachi - Wakayama




La idea que teníamos para hoy era salir (sin prisas) de Wakimachi, dormir en Naruto, ver los remolinos, y al día siguiente atravesar el puente que une Shikoku con la isla de Awaji, y de ahí a la gran isla de Honshu, dirección Kobe. Menos mal que, por un nuevo milagro de los kami, nos hospedamos con Mika y Hiro. Mika nos advierte de que uno de esos puentes no se puede atravesar con la bici y de que los ferris que salen de cada isla no llegan hasta la siguiente: sólo sirven para acercar a los turistas hasta los remolinos.  A Ainhoa, que necesita tenerlo todo controlado, casi le da un síncope. Gabriel sigue desayunando tan tranquilo. Se cambia la ruta, se avisa a la gente que nos queda por visitar y ya está.

Así que… ¡cambio de planes! Desde Wakimachi iremos a Tokushima, de ahí cogeremos un ferry que en dos horas nos deja en Wakayama, una ciudad histórica al sur de Osaka; de Wakayama iremos a Sakai para visitar a Nozomi, la mujer que nos acogió el primer día en Japón; y de ahí, cambiamos el sentido de la vuelta, empezando por Nara y siguiendo por el lago Biwa y Kyoto para acabar en Kobe. Incluso nos ha venido este cambio inesperado, porque desde Kobe podemos coger un ferry que va directo al aeropuerto de Kansai y, una vez allí, empaquetar las bicis.

Tomamos el típico desayuno japonés, que incluye la sopa miso a la que nos estamos haciendo adictos, recalculamos la ruta y ponemos rumbo, tranquilamente, hacia Tokushima. Nos da muchísima pena despedirnos de Hiro y Mika, han sido unos anfitriones excelentes.

El valle ya se va ensanchando y las montañas quedan cada vez más alejadas. El ambiente rural deja paso, poco a poco, al paisaje industrial. Menos mal que los 50 km que nos separan de Tokushima pueden hacerse por carril bici, que discurre paralelo al río. Los hacemos del tirón, casi sin enterarnos, y nos da tiempo a coger el ferry de las 13:30. A bordo, nos echamos una siestaza de un par de horas al estilo japonés, tirados en el suelo.

Cuando llegamos a Wakayama, las previsiones se cumplen y empieza a jarrear. Nuestra primera intención era quedarnos en un camping cerca de la playa, a unos 10 km de la ciudad, pero con alerta naranja en toda la región del Kansai no parece muy buena idea. Gabriel trata de convencer a Ainhoa de que es una nube pasajera, pero vemos un hotel que nos dice: “entrad, hijos míos, tengo una ducha calentita y una cama blandita para vosotros”… y no podemos resistirnos a sus encantos.