martes, 4 de septiembre de 2012

Día 28: Wakayama - Sakai




Nos levantamos nuevos. Hoy toca tomarse el día sin prisas, tenemos tiempo de sobra, así que regresamos a la ciudad de Wakayama para visitar el castillo, después de desayunar una hamburguesa. Teníamos miedo de abandonar Japón sin haber conocido ningún castillo por dentro, así que dedicamos toda la mañana al de Wakayama, que nos sorprende gratamente. Como la gran mayoría, fue destruido durante los bombardeos estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial, y reconstruido unos años después. En su interior cobija una buena colección de armas y armaduras, y las vistas desde la torre principal son impresionantes. Tiene el gran encanto del jardín que lo rodea, un paseo muy recomendable para todo aquel que esté interesado en visitar Wakayama.

El resto del día se hace un poco pesado. Decidimos ascender una pequeña colina de 100 metros con la esperanza de desintoxicarnos de ambiente urbano, y resulta que está de obras. Así que tenemos que recorrer unos kilómetros por el arcén izquierdo de una carretera por la que no dejan de pasar camiones en sentido contrario. Durante los próximos 60 kilómetros el terreno es realmente llano, pero es como una ciudad continua a lo largo de todo el camino, que se hace tedioso.

Finalmente, llegamos a casa de Nozomi casi a las 8, ya de noche y después de habernos perdido un poco, pero estamos felices de reencontrarnos con ella y con sus gatos.








lunes, 3 de septiembre de 2012

Día 27: Wakimachi - Wakayama




La idea que teníamos para hoy era salir (sin prisas) de Wakimachi, dormir en Naruto, ver los remolinos, y al día siguiente atravesar el puente que une Shikoku con la isla de Awaji, y de ahí a la gran isla de Honshu, dirección Kobe. Menos mal que, por un nuevo milagro de los kami, nos hospedamos con Mika y Hiro. Mika nos advierte de que uno de esos puentes no se puede atravesar con la bici y de que los ferris que salen de cada isla no llegan hasta la siguiente: sólo sirven para acercar a los turistas hasta los remolinos.  A Ainhoa, que necesita tenerlo todo controlado, casi le da un síncope. Gabriel sigue desayunando tan tranquilo. Se cambia la ruta, se avisa a la gente que nos queda por visitar y ya está.

Así que… ¡cambio de planes! Desde Wakimachi iremos a Tokushima, de ahí cogeremos un ferry que en dos horas nos deja en Wakayama, una ciudad histórica al sur de Osaka; de Wakayama iremos a Sakai para visitar a Nozomi, la mujer que nos acogió el primer día en Japón; y de ahí, cambiamos el sentido de la vuelta, empezando por Nara y siguiendo por el lago Biwa y Kyoto para acabar en Kobe. Incluso nos ha venido este cambio inesperado, porque desde Kobe podemos coger un ferry que va directo al aeropuerto de Kansai y, una vez allí, empaquetar las bicis.

Tomamos el típico desayuno japonés, que incluye la sopa miso a la que nos estamos haciendo adictos, recalculamos la ruta y ponemos rumbo, tranquilamente, hacia Tokushima. Nos da muchísima pena despedirnos de Hiro y Mika, han sido unos anfitriones excelentes.

El valle ya se va ensanchando y las montañas quedan cada vez más alejadas. El ambiente rural deja paso, poco a poco, al paisaje industrial. Menos mal que los 50 km que nos separan de Tokushima pueden hacerse por carril bici, que discurre paralelo al río. Los hacemos del tirón, casi sin enterarnos, y nos da tiempo a coger el ferry de las 13:30. A bordo, nos echamos una siestaza de un par de horas al estilo japonés, tirados en el suelo.

Cuando llegamos a Wakayama, las previsiones se cumplen y empieza a jarrear. Nuestra primera intención era quedarnos en un camping cerca de la playa, a unos 10 km de la ciudad, pero con alerta naranja en toda la región del Kansai no parece muy buena idea. Gabriel trata de convencer a Ainhoa de que es una nube pasajera, pero vemos un hotel que nos dice: “entrad, hijos míos, tengo una ducha calentita y una cama blandita para vosotros”… y no podemos resistirnos a sus encantos.




domingo, 2 de septiembre de 2012

Día 26: Wakimachi (Mima)


No falla. Día de descanso… y abrimos el ojo cuando el sol se despereza. Sólo que hoy no necesitamos madrugar para aprovechar las horas de sol, así que cerramos los ojos y seguimos durmiendo hasta que el estómago nos dice que se acerca la hora de las tostadas.

Mika y Hiro son unos anfitriones geniales, nos sentimos felices por poder pasar nuestro día de descanso con ellos (y sus perros). Mika ha planeado un día japonés. Para almorzar, un platazo de ramen en un pequeño restaurante con el que es imposible quedarse con hambre. Después de comer volvemos a casa para quitarnos nuestras ropas occidentales y vestirnos con yukatas, algo así como unos kimonos de verano, aunque mucho más sencillos que los kimonos tradicionales. Y menos mal que son sencillos, porque Ainhoa y Mika tardan alrededor de media hora en estar listas. Por no hablar del yukata de Gabriel, que no tiene ningún misterio, pero se pone los pantalones alrevés y se queda tan tranquilo.

Y así vestidos Mika nos lleva a recorrer la calle más antigua de Wakimachi, cuyas casas son completamente de estilo tradicional japonés. Nos encanta la experiencia, aunque más nos gustaría saber qué piensan los lugareños cuando ven aparecer por las tranquilas calles del pueblo a unos extranjeros vestidos con kimono.

A continuación, nos lleva a comer uno de los helados más ricos que hemos comido nunca, no sé si por el calor que hacía, porque las vistas son preciosas o porque realmente era muy sabroso.

Volvemos a casa para cambiarnos de ropa, echar una siestecita japonesa que, hay que reconocerlo, se nos va un poco de las manos, y que nos deja listos para la noche. Hiro prepara la barbacoa mientras nosotros vamos a hacer las compras de última hora (entra las que se incluye la cervecita, por supuesto, y un vino de Rioja). Gabriel vuelve a lucirse con su tortilla de patatas y Hiro hace lo propio con las brasas. No esperéis la típica barbacoa, casi sinónimo de carnaza en España. Aquí se echa a la parrilla todo lo que se pueda comer: pescado, repollo, pimientos, carne, salchichas, ajos… ¡hasta bolas de arroz! Comemos y bebemos felices, y a última hora de la noche se nos une una encantadora pareja de EEUU, amigos de Mika, que sólo llegan a tiempo para la última cerveza. Un día inmejorable.













sábado, 1 de septiembre de 2012

Día 25: Niihama - Wakimachi




Destrozamos todos los récords anteriores y nos levantamos a las cinco, pero no por voluntad propia. La alarma antiincendios de la habitación se ha puesto a pitar y no se calla. Ni quitándole la pila. Así que, cuando conseguimos silenciarla, apagamos el despertador y nos quedamos un ratito más durmiendo. No nos importa que hoy tengamos otra etapa de casi 100 km, ni que en medio de la etapa haya que subir una buena montaña. Si no conseguimos cumplir con el objetivo, llamamos a nuestra anfitriona y acampamos en cualquier lado. Lo importante es disfrutar la experiencia, no agobiarse ni morir en el intento. Por si acaso, le escribimos para decirle que por la tarde le avisaremos de si llegamos o no hasta Mima.

La lluvia nos acompaña todo el día, excepto cuando tenemos que subir y, mejor aún, cuando tenemos que descender la montaña. Damos las gracias a los kamis y continuamos nuestro camino por uno de los valles más bonitos que hemos visto hasta ahora, en un ambiente rural, por una carretera sin tráfico. Es una etapa realmente peligrosa: el paisaje atrapa tu mirada y la aparta de la carretera, pero es inevitable. Paramos varias veces para hacer fotos, coincidiendo con los minutos que deja de llover. No hacemos tantas fotos como quisiéramos, no podemos con esta lluvia. Tendréis que venir para verlo.

A media tarde se despeja y luce el sol. Pero no deja de llover. Nos preguntamos dónde estará la dichosa nube que nos está poniendo como una sopa. Llevamos un par de piscinas en las zapatillas, incluso hace fresquete. Al frente, el arcoíris es la puerta de entrada a Mima. Milagrosamente, hemos llegado sin sufrir demasiado, embobados por la belleza del valle, y más pronto que nunca. Nuestra anfitriona, Mika, sale a nuestro encuentro, y disfrutamos con ella y su marido de una cena deliciosa.

Es imposible que todo lo que estemos viviendo sea sólo una racha de suerte continuada. Estamos seguros de estar bendecidos por los kamis. Los echaremos de menos cuando volvamos a España.